Cuando en España se hace una comedia necesitamos no menos de quince protagonistas y por supuesto no menos de una hora para no contar nada. En Estados Unidos no suele haber más de cuatro o cinco protas y todo pasa en menos de 25 minutos. Allí hacen las series para ciertos sectores de la población pero procuran que puedan gustar a otros grupos. Aquí necesitamos que TODO el mundo tenga que ver la serie así que ponemos abuelos, hijos, nietos, hermanos, primos, fruteros, transportistas, taxistas y dos huevos duros. Nadie piensa que pueden excluirse espectadores en lugar de agregarse.

¿Realmente influye la edad de los protagonistas en el público? Imagina Madrid década de los 80: yo tendría doce o trece años y no me perdía ni un capítulo de Las Chicas de Oro. ¿Cuál era el misterio? Probablemente que me tronchaba con las anécdotas de Sofía, la inocencia de Rose, el zorrerío de Blanche y el vestuario de Dorothy. Aquí nunca se podría hacer esto porque tendrían que aparecer como fijos los ex-maridos, los hijos y parejas y sus ex, los nietos y sus novias, su colegio... Y luego, en el fondo, todos los personajes serían el mismo con frases intercambiables.

Cierto es que ahora no se haría una serie así en USA, parece haber una fobia a la edad en televisión. Además hablaban mucho de sexo y a esas edades lo único que deberían hacer unas jubiladas es calceta. Ahora necesitamos menos años, más glamour y a ser posible unos Manolos. Y con todos los cambios me siguen gustando las protagonistas a pesar de que no tengo nada en común con ellas. ¿Casualidad otra vez? Tal vez es que allí se lo piensan y aquí acumulamos.

Dejaré como pasatiempo al lector encontrar las similitudes entre Sexo en Nueva York (al principio) y Las chicas de Oro que son más de las que parecen a simple vista.

